Temor de Dios: Reverencia y Amor Filial

 

El Temor de Dios es el principio de la Sabiduría, pero el amor de Dios es el fin. El Temor de Dios es uno de los fundamentos de nuestra vida religiosa, pero debemos crecer en espiritualidad para reemplazar el miedo con el amor.

El Temor de Dios es un don santificador del Espíritu Santo cuyos efectos son armonía y temor filial de Dios, y hace que nuestras normas conformen con las de Dios. Oren por la manifestación de la sabiduría en el Cuerpo Místico de Cristo, como agrada al Consejero. A medida que nos ajustamos a las normas de Dios, el miedo desciende y el amor asciende.

Las siguientes citas bíblicas siguen la transición del miedo al amor:

“Ruina y miseria son sus caminos. El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos.”  (Romanos 3:16-18)“

Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres.”  (Lucas 18:2)

“Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.”  (1 Pedro 1:17)

“Y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.”  (Lucas 1:50)

 “… Queridos míos, purifiquémonos… consumando la santificación en el temor de Dios.”  (2 Corintios 7:1)

 “No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo.”  (1 Juan 4:18)

El Temor de Dios nos salva de ceder a nuestra naturaleza pecaminosa, y no temor de Dios es la esencia de la depravación total del hombre en todas las épocas. Cristo ha derramado el Espíritu Santo sobre la iglesia por filial reverencia y amor a nuestro Padre Todopoderoso. El temor del Señor confirma la Esperanza, una de las tres Virtudes Teologales, según el Reverendo John Hardon, porque el temor del Señor es el deseo de no ofenderle, y la certeza de que Él nos dará la Gracia necesaria para evitar el pecado.

Dios me libra de mis delirios revelando la verdad que me hace libre. Él juzga mis pecados, pero los perdona, y el Padre Celestial envió a su único hijo, Jesucristo, al mundo para darnos la última prueba de amor. Cristo murió en una cruz para hacernos coherederos del Reino de Dios. 

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.”  (Juan 15:13)

La Esperanza nos asegura que algún día heredaremos el Reino de Dios. Nuestras expectativas como creyentes están incorporadas en nuestra esperanza inalienable que somos salvos por medio del sacrificio de Cristo, y nosotros somos coherederos del Reino de Dios.

“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ‘¡Abbá, Padre!’ De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios.” (Gálatas 4:4-7)

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